La doctrina del cambio

Publicado originalmente el 1 abril, 2016 en Radio Kolob

NOTA: Este artículo, pertenece a una serie de discursos que he preparado para compartirlo ante la comunidad religiosa a la que pertenezco (La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días). Las referencias bíblicas y de otros profetas están de acuerdo con el canon de escrituras reconocido por dicha iglesia. Estos trabajos no constituyen la posición oficial de mi iglesia, y las dejo tan sólo como una opinión y aprendizaje personal en mi ruta de crecimiento espiritual.

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El cambio es una cuestión siempre presente en la prueba de la vida. En realidad el cambio es necesario para lograr la realización humana y la plenitud del alma y un elemento esencial en el Plan de Dios. Cuando el Señor le dice a Moisés que su obra y su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre, está precisamente hablando de que su propósito es lograr la transformación del hombre en un ser divino. Esto incluye cambios en su naturaleza tales como el someterse al influjo del Santo Espíritu… despojarse del hombre natural, y… ha(cerse) santo por la expiación de Cristo el Señor.

¿Nada nuevo bajo el sol?

Muchas veces he escuchado a gente mayor minimizar las situaciones actuales y los desafíos de nuestra era, bajo el argumento de que guerras siempre han habido, pobreza siempre ha existido, la moral siempre ha faltado, por poner algunos ejemplos. Los problemas de la juventud son vistos con desdén porque al fin y al cabo, todos pasaremos por lo mismo. Estos discursos me recuerdan las palabras del predicador que dijo alguna vez:

…Vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va y generación viene, mas la tierra siempre permanece… Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo… Lo que ha sido, eso mismo será. Y lo que se ha hecho, eso mismo se hará; y no hay nada nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de lo que se pueda decir: He aquí, esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos han precedido.

Pareciera que la historia les ha dado la razón. Es claro que hemos vivido inmersos en una serie de arquetipos que hemos repetido una y otra vez, batallando con los mismos problemas, a veces proponiendo las mismas soluciones. Es por eso que las escrituras siguen tan vigentes hoy en día como lo fueron hace dos mil años. Sin embargo, en lo personal la vida no me parece tan estática. Hace cinco años regresé de la misión, hace dos me gradué de la universidad, hace uno y medio me casé, y apenas hace dos meses y medio nació mi primer hijo. Vista desde el primer plano cada día aparece algo nuevo bajo este sol, por lo menos para nosotros.

El cambio en el Plan de Dios

Es importante reconocer que las cosas que nos gustan, así como las que no nos gustan, pueden, y de hecho, inevitablemente habrán de cambiar. Esta no es una circunstancia ajena al Padre Celestial.
El cambio es una cuestión siempre presente en la prueba de la vida. En realidad el cambio es necesario para lograr la realización humana y la plenitud del alma y un elemento esencial en el Plan de Dios. Cuando el Señor le dice a Moisés que su obra y su gloria es llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre, está precisamente hablando de que su propósito es lograr la transformación del hombre en un ser divino. Esto incluye cambios en su naturaleza tales como el someterse al influjo del Santo Espíritu… despojarse del hombre natural, y… ha(cerse) santo por la expiación de Cristo el Señor.

Lehí y su río.

Heráclito, un filósofo griego, dijo alguna vez “Todo cambia, nada permanece, lo único que permanece es el cambio”. Él utilizaba el ejemplo de un río para explicar su filosofía diciendo en una traducción libre “no podemos descender dos veces al mismo río, pues cuando desciendo al río por segunda vez, ni yo ni el río somos los mismos.”
El ejemplo que pone es muy ilustrativo. El agua con la que me bañe una vez irá a otros cauces o mares. Yo mismo también tendré cambios, aunque sean por el simple paso del tiempo. La enseñanza es profunda, tanto en lo exterior como en lo interior estamos expuestos a una incesante transformación.
Unos años antes de que naciera Heráclito, y del otro lado del Golfo pérsico, un padre de familia también había tomado como ejemplo un río. Lehí, el profeta que había salido de Jerusalén, después de haber viajado tres días por el desierto con su familia, asentó su tienda en un valle situado a la orilla de un río, al que dio el nombre de Lamán. Su hijo Nefi relata:
“Y cuando mi padre vio que las aguas del río desembocaban en la fuente del mar Rojo, habló a Lamán, diciendo: ¡Oh, si fueras semejante a este río, fluyendo continuamente en la fuente de toda rectitud! Y dijo también a Lemuel: ¡Oh, si fueras tú semejante a este valle, firme, constante e inmutable en guardar los mandamientos del Señor!”
Qué profética resultaría esa amonestación, pues como sabemos, el viaje de los hijos de Lehí puso a prueba su lealtad incondicional y su disposición para servirle a Dios. Y aunque en la historia que relata Nefi pareciera ser que sus hermanos no terminaron de aprender la lección, creo que nosotros sí podemos aprender principios importantes.
Primero. La invitación a fluir constantemente en la fuente de toda rectitud.
Segundo. El ser firmes, constantes e inmutables en guardar los mandamientos de Dios.

Fluir constantemente en la fuente de toda rectitud.

No se deben menospreciar estos ejemplos de las escrituras. Hay mucho que podemos aprender de ellos. El río no sólo va hacia el mar, sino que todo lo del río va siempre hacia el mar.Y no sólo fue al mar, sino que va, y seguirá yendo mañana mientras tenga agua.
Nuestra devoción al señor no es una ofrenda que se da en una única exhibición. Cada día que nos levantamos nos acompañan nuevos desafíos, pensamientos, pérdidas, y compromisos que a veces hacen que parezca que tenemos que volver a decidir si seguiremos al Señor ese día, o claudicaremos.
¿Significa entonces que estamos a merced de las circunstancias? ¿No tendremos acaso hoy, la opción de incidir en nuestro futuro? Claro que sí, siempre y cuando hoy marchemos hacia el Padre con un paso tan firme y tan seguro que dejemos no sólo una huella, sino un surco por donde pueda pasar el agua de mañana.
Los profetas nos han enseñado mucho sobre cómo hacer un buen cauce para fluir diariamente hacia Nuestro Padre Celestial. Josué tomó la determinación de que el resto de su vida él y su casa servirían sólo a Jehová, El rey Benjamín enseñó que para no desviarnos mañana, hoy debemos cuidar nuestros pensamientos, palabras y obras, y Alma le enseñó a su hijo Coriantón que si no quería reincidir en antiguos pecados, debía comprometerse a ser instruido constantemente por sus hermanos.
Ante todo debemos reconocer que no importa que cosas vengamos cargando en nuestras vidas, ya sean proyectos, trabajos, relaciones, o desafíos, todos nuestros esfuerzos serán por llevarlos al altar de Dios para que el consagre nuestras vidas en su totalidad.
Ser firmes, constantes e inmutables en guardar los mandamientos de Dios.
El segundo ejemplo ya no es un río, sino un valle. La solicitud de Lehí era que su hijo pudiera mantenerse firme, constante e inmutable en guardar los mandamientos de Dios.
¡Qué difícil tarea es esa! Qué dura es la perseverancia y que escasa es en estos días donde todo se compra para usarse una vez, y donde las relaciones caducan antes que la leche. No son pocos además los ejemplos de personas que buscan desesperadamente un cambio en sus vidas, y no tardan en volver a sus antiguos modos de vivir. Por eso vale la pena analizar con detenimiento la firmeza, la constancia y la inmutabilidad.
Ser firmes tiene que ver con la determinación y el carácter con el que defendemos la verdad y la rectitud. Ser constantes implica no dejar de trabajar, y eso requiere de atributos cristianos como la esperanza, la fe y la longanimidad.
Hay que recalcar que ser constantes implica el hacer lo imposible por acabar lo que empezamos. En el caso de las cosas espirituales, si tenemos algún problema para guardar un mandamiento o para cumplir con nuestro llamamiento, no basta con hacer intentos y pequeños esfuerzos esporádicos para justificarnos en “al menos lo intenté”. No importa cuánto tiempo nos tome, la constancia debe de apuntar hacia ver realizada nuestra meta.
Si sentimos que no estamos cumpliendo con exactitud en alguna norma de la iglesia, no nos conformemos con mejorar un poco y ya. Mejoremos un poco hoy, pero para mejorar un poco más mañana, hasta lograr la perfección en esa norma. El presidente Gordon B. Hinckley dijo: Dejen de dar esa mala excusa de que somos sólo humanos. Recuerden que la grandeza del hombre no se encuentra en la perfección sino en la búsqueda de ella.
Para lograr ser firmes y constantes es buenos de vez en cuando evaluar nuestros sentimientos hacia Dios y hacia la iglesia. En el libro de Mormón podemos encontrar un excelente modelo de este tipo de introspección en Alma 5: Si (hemos) experimentado un cambio en el corazón, y si habéis sentido el deseo de cantar la canción del amor que redime, quisiera preguntaros: ¿Pod(emos) sentir esto ahora?
Por último la inmutabilidad. ¿Cómo podemos ser inmutables, si todo el tiempo estamos cambiando? Retomando la idea de Heráclito, me parece que cuando dice que seamos inmutables, no se refiere a ser siempre los mismos, sino a mantenernos en la misma condición.
La Guía de estudio de las escrituras define arrepentimiento como Un cambio que se efectúa en el corazón y en el modo de pensar, lo cual significa adoptar una nueva actitud en cuanto a Dios, en cuanto a uno mismo y en cuanto a la vida en general. Esto quiere decir que cuando se habla de perseverar hasta el fin, lo que se quiere decir es que mantengamos el hábito de arrepentirnos constantemente ¿No es eso mantenerse cambiando pero para bien?
Ammón presenció cómo el pueblo de Lamoni había habido un cambio en sus corazones, y que ya no tenían más deseos de hacer lo malo. El hábito de arrepentirse constantemente apunta hacia ese horizonte en el que nuestros mismos deseos han sido modificados.
Él que desee fluir incesantemente a la rectitud, y volverse firme, constante e inmutable, primero deberá volverse un río y un valle. Es posible convertirse en esas nuevas personas. Recuerdo que mi Obispo dijo alguna vez “todos podemos cambiar. Pedro pudo haber sido el protagonista de una de las historias más patéticas de la Biblia al haber presenciado y ayudado en el ministerio personal del Salvador, haber dado un poderoso testimonio de Jesús como el Cristo, y al final haberlo negado tres veces. Pero a Pedro lo respetamos y lo honramos porque a pesar de eso, decidió cambiar.”
En lo personal no sé si mi testimonio ha crecido o decrecido en los últimos años. Me han sucedido experiencias maravillosas que han reafirmado mi fe en Dios, pero hay días donde pareciera que hubiera empezado de nuevo a aprender lecciones que en mi misión parecían ya dominadas. Creo que en realidad, mi testimonio se ha transformado. Mis convicciones y mis motivaciones para servir a Dios hoy son diferentes ¿y por qué no habrían de serlo? No tiene nada de malo admitir que no nos sentimos como en la primavera de nuestra conversión. La clave para seguir peleando la buena batalla estará en reconocer nuestra naturaleza cambiante, y buscar las experiencias espirituales de ese nuevo yo que se levante mañana.

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